Relato nº 3

El nanoesclavo

by Sir_StephenAL

Apenas comienzo a pronunciar en voz alta la primera sílaba de su nombre – ¡Fe…! –, él abandona de un salto la camita en la que pasa la mayor parte de su tiempo libre. El cascabel que le anudé en el tobillo se escucha cada vez más cerca. Viene hacia mi a paso ligero y, de un momento a otro, aparecerá por el pasillo. Quiero verlo ya, inmediatamente. Siempre que lo someto a una sesión matutina de adiestramiento ocurre lo mismo. Nada más terminar con el látigo, la calma interior que se apodera de mí mirando los hilos de sangre caer por su espalda se va disipando a lo largo de la tarde. En cuanto se pone el sol, un incontenible desasosiego, un deseo animal, nace en lo más profundo de mi vagina. Cuando me sucede eso, desde la cabeza hasta los pies mi cuerpo se templa, igual que una copa de vino tinto entre las manos.

– Mi Señora, Mi Dueña, nada hay más importante en la existencia de este humilde esclavo que satisfacerla –, recita Felini en voz alta y clara como yo le he enseñado. Ahí lo tengo, arrodillado y completamente desnudo, los tobillos juntos, los brazos estirados hacia mí y la punta de la nariz tocando el suelo de mi dormitorio. Disfruto recorriendo con la vista sus turgentes nalgas, su gran espalda de ébano y su brillante cráneo afeitado a diario. Desde hace dos años, Felini es mi lindo gatito negro. Los primeros días intentó corregirme para que escribiera bien su nombre. – Mi Señora, Mi Dueña, la grafía correcta es Fellini, si es que usted se refiere al apellido del famoso director italiano de cine del que tanto me habla –, me replicaba siempre. Con tiempo y azotes, el pobre Felini entendió que no merecería llamarse como nadie importante. Su nombre no es más que una invención mía, mezclando un apellido de cine con el sustantivo que identifica a los felinos.

Mi gatito es feliz, y confieso que yo soy la envidia de todas mis amigas Dóminas, quienes me apodan cariñosamente “La Bruja”. Felini disfruta mucho llevando a diario la vida de mascota que siempre soñó tener. Cuando le quité el collar de prueba para tomarlo a mi servicio de forma definitiva, se echó a llorar de alegría. Entre balbuceos desconsolados, con la cabeza metida entre mis piernas, me confesó que había sufrido mucho hasta encontrarme y que después de probar por primera vez mi tratamiento de reducción no soportaría la idea de no dedicar su existencia a servirme.

– ¡Prepárate! –, le ordeno. Muy diligente, Felini se incorpora y coge del perchero el viejo embudo de cobre. Se sienta en el escabel que hay a los pies de mi cama, mira hacia el techo y con cuidado se introduce el embudo en la garganta. – Ahora, quiero que separes las piernas –, mi segunda orden. Me acerco y me pongo en cuclillas para colocarle un cinturón de castidad en su polla. Minutos antes, había elegido el más antiguo que tenía en mi mazmorra. Es un modelo precioso, cromado, con extremos puntiagudos en su interior capaces de clavarse en su glande ante el menor síntoma de excitación fuera de control. Desde que lo compré en uno de mis viajes a Berlín se convirtió en mi juguete preferido.

Nada más abrir el armario chino que tengo al lado de mi cama, escucho a Felini suspirar de emoción. Mi gatito se sabe de sobra la liturgia previa al tratamiento que va a recibir. Me conoce muy bien y, como buena amante del protocolo más estricto, yo siempre doy los mismos pasos, exactamente en el mismo orden. Dentro del armario tengo varias hileras de antiguos frascos de cristal. La mayoría descascarillados, pero preciosos. No hay ninguno igual, pero todos recuerdan la silueta de una mujer. Cojo uno y me acerco a Felini. Levanto el bote con un gesto como el que hacen los escanciadores y vierto todo su contenido en el embudo. El líquido violáceo va entrando en la garganta de Felini, mientras él aguanta la respiración.

Arqueando la ceja derecha, le digo –Colócate en la cama, ya sabes cómo–. Mi gatito se levanta, deja con cuidado el embudo en el perchero y se tumba boca arriba en la cama, completamente estirado. Inmóvil. Enciendo el candelabro con velas de la mesita de noche y apago la lámpara del techo. A la luz de las velas, me quedo ensimismada observando su enorme espalda, sus generosos hombros y, en especial, el ligero vaivén que mece su torso cada vez que él respira. Realmente, admiro su portentoso físico y me siento muy orgullosa de ser su dueña. Felini es grande y fuerte. Sus pies sobresalen de la cama y su cabeza se ha quedado apoyada contra el cabecero.

Mientras espero que la dosis surta efecto, me desnudo, me sirvo una copita de absenta y me siento en la cama, al lado de Felini. Saboreando el primer trago de licor, me doy cuenta de que las gotas de sudor ya son visibles en su frente. El cuerpo de Felini comienza a reaccionar. El proceso, en el que llevo pensando toda la tarde, ya está en marcha. Sin apartar la vista de su torso, aprieto los muslos uno contra otro y un hormigueo me recorre todo el cuerpo. Cuando Felini empieza a gemir, mis pezones despiertan, exultantes. El suyo es un gemido de esfuerzo físico, como el que sale de lo más profundo de uno mismo cuando se intenta mover un pesado mueble y las fuerzas no son suficientes.

Me giro lentamente y lo que veo me llena de satisfacción. La cabeza de Felini ya no está apoyada contra el cabecero y sus pies ahora no sobresalen de la cama. Es más pequeño que hace un momento. Su cuerpo está encogiendo. Felini está con los ojos cerrados fuertemente y los labios apretados. Rozo con el pie de mi copa su antebrazo para transmitirle tranquilidad. Cada gemido es la señal de que el proceso de reducción de tamaño avanza paso a paso. El cuerpo de Felini sigue encogiendo, más y más. Ni me mira, ni me habla. Solo gime y rechina los dientes para seguir haciéndose cada vez más pequeño. Poco a poco, va quedando a la vista la huella que su enorme cuerpo había dibujado en las sábanas. Felini ya no mide 1,85. Con verdadera excitación, compruebo que su cabeza ahora tiene el tamaño de un trofeo de los indios jíbaros.

Transcurridos tres minutos y medio, Felini yace en mi cama con un tamaño similar al de la palma de mi mano. De repente, abre los ojos y me mira sonriente. —Mi Señora, Mi Dueña, estoy listo para servirla –, me avisa, con la respiración aún entrecortada por el gran esfuerzo físico que acaba de sufrir su organismo. Dejo la copa en la mesita y me siento en la cama apoyada contra el cabecero. Abro bien las piernas. Felini se pone de pie y comienza a sortear con dificultad los pliegues de las sábanas, levantando las piernas para poder superarlos como si fuera un salto de obstáculos. Camina con decisión hacia mi glúteo izquierdo y desaparece por debajo del arco formado por mi pierna. Me pone nerviosa dejar de verle y no saber qué está haciendo, además no oigo nada. Aparece de nuevo, se dirige hacia mi vulva y comienza a rozar su cuerpo contra mis labios vaginales.

— ¿Mi Señora, Mi Dueña, está bien así para comenzar? —, pregunto con curiosidad a mi Ama. Ella no me responde con palabras. Libera un lento “Mmmmmmmm” que me deja claro que mi labor va según lo previsto. Delante de mi, su preciosa vulva completamente depilada. Acaricio sus labios vaginales con las palmas de mis manos, moviendo los brazos en grandes círculos. Tan de cerca, sus labios me parecen enormes y más suculentos que nunca. Mi Ama empieza a responder a mis caricias, y su vulva comienza a brillar fruto de la excitación. En ese momento, no puedo evitar acercar mi cabeza a la entrada de la vagina. Abro la boca y saboreo el flujo que emerge de su interior. Me relamo de gusto. –Entra, Felini. No esperes más. Y pórtate bien–, me ordena. Inmediatamente, uso mis manos para separar sus labios e introduzco en su vagina primero una pierna y luego la otra. El resto de mi cuerpo se desliza en su interior con la misma facilidad como si me hubiera lanzado por un tobogán.

Me siento realmente un privilegiado por ser el único explorador de esta cueva, de este sancta sanctorum del placer. A cada paso que doy, mi cuerpo roza las paredes vaginales y mis pies se hunden en el suelo pélvico. Me tumbo boca arriba y levanto las piernas para tocar con las plantas de mis pies la cara interna de su clítoris, esa zona dura y rugosa que tanto le gusta a mi Ama que le acaricie con fuerza. Como si estuviera ejercitando una tabla de gimnasia, comienzo a presionar rítmicamente su punto G con mis pies, cada vez con más intensidad. La vagina se mueve, y yo con ella, porque mi Ama se mueve por el placer que está sintiendo. Desde aquí dentro no puedo escuchar con claridad lo que me dice, pero sé que no deja de hablarme.

Me satisface sobremanera excitarla de esta forma. Mis pies siguen apretando contra la cara interna de su clítoris durante un buen rato, hasta que comienzo a sentir que la vagina se dilata por dentro a consecuencia de la excitación. Entonces, comienzo a palpar el cuello del útero con mis manos, a la vez que restriego todo mi cuerpo contra él. Siento los precipitados vaivenes de la respiración de mi Ama, completamente agitada. Entonces, sitúo mi cabeza delante de la abertura de su útero y la introduzco ligeramente al mismo tiempo que la muevo haciendo círculos. Al cabo de unos segundos, saco la cabeza y vuelvo a repetir la operación. El interior de la vagina de mi Ama es un verdadero terremoto. Sus paredes se dilatan y se encogen, su vagina palpita sin control. Ella se estremece completamente y yo no puedo dejar de imaginarme su cara de placer, con sus ojos perdidos en el infinito y su boca abierta.

Aún quiero dar el toque final a mi querida Dueña, así que me coloco en el suelo en posición fetal con la cabeza apuntando hacia el exterior, cierro los ojos y comienzo a aumentar de tamaño lentamente. Poco a poco, mi cuerpo va chocando con cada uno de los relieves internos de su vagina, hasta que al cabo de unos segundos la lleno por completo. Entre mi piel y las paredes de su vagina no hay nada, ni siquiera aire. Literalmente, todo el espacio en la húmeda cavidad está ocupado por mi. Sé que eso la vuelve loca y no puedo evitar sonreír de satisfacción. La presión que ejerzo con todo mi cuerpo le provoca palpitaciones cada vez más fuertes, a la vez que eyacula torrentes de flujo caliente y viscoso. Las palpitaciones aumentan. Más y más. De repente, unas contracciones en sus paredes vaginales estremecen todo mi cuerpo y salgo expulsado. En posición fetal, caigo sobre la cama en medio de un charco de flujo. Miro hacia atrás, y veo que mi Ama está retirando sus dedos de su clítoris, mientras que sus caderas están arqueadas y su respiración muy alterada. Objetivo cumplido, pienso.

Aún me tiemblan las manos. Llevo unos diez minutos tumbada boca arriba en la cama con las piernas estiradas y los muslos pegados uno contra el otro para disimular el temblor que ha hecho estremecer mi cuerpo con violencia en varias ocasiones. Tengo la boca seca y noto un ligero escozor de garganta. No me he dado cuenta, pero he de haber gritado bastante fuerte cada vez que me corría. Necesito humedecer mi boca y mi lengua. Levanto el brazo derecho para alcanzar la mesita, pero mi alterado pulso no me deja controlar mis movimientos y termino derramando el vaso de agua que tanto necesitaba.

—¡Felini! ¡Felinil!— lo llamo, pero no consigo que me conteste. Mi lindo gatito duerme profundamente. Felini vuelve a ser grande. Me fijo en sus pies, que de nuevo sobresalen de la cama. Siento mucho calor en mi vagina y me doy cuenta de que he mojado las sábanas. No tengo remedio. Aún sin haber recuperado las fuerzas, comienzo a preguntarme si puede existir en este mundo terrenal la forma de experimentar un placer sexual más intenso que el que siento cuando reduzco a Felini. ¿Puede haber algo mejor que todo lo que él me hace con sus dedos, con sus manos, con su lengua, tan dentro de mí?. ¿Soy protagonista de la dominación sexual más satisfactoria que puede existir o aún me estoy perdiendo algo?. Interesantes preguntas para las que me gustaría encontrar las respuestas acertadas. –Mi Señora, Mi Dueña, ¿lo hice bien?–. Felini apenas puede hablar, sus palabras se entrecortan. Lo miro sonriente. –Mi querido gatito, ha llegado el momento de que pases al siguiente nivel. La próxima vez penetrarás mi ano.–

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