Relato nº 11

La tutoría by seisCuerdas 

Lo de Fer con la puntualidad raya en la obsesión. Así que al día siguiente, cuando terminé mi última clase de la mañana, a las 14:00, le avisé de que salía con un mensaje:

Yo – Voy para allá, un poco justa, pero llego.

Me había citado en su despacho a las 15:00. Sin darme muchas más pistas de lo que quería, solo que fuera con falda. Había pasado una semana desde que nos vimos por última vez, y por supuesto, nada más recibir su mensaje con aquella orden escueta y directa, “te quiero mañana a las tres en mi despacho, sin excusas ni gilipolleces, con falda. No me respondas, si no quieres, pero ven”, me mojé entera. Nada nuevo. Siempre que me habla así o me ordena algo me ha pasado, y siempre sentí que deseaba obedecerle y cumplir sus deseos. 

Llegué a la facultad de Derecho. A esa hora aquello está lleno de gente que va y viene, alumnos que se dan apuntes en los pasillos, profesores corriendo para cambiarse de clase, o subiendo a los despachos para empezar tutorías. Busqué el que usa Fer, que está en la planta baja, por el camino me crucé con dos o tres compañeros suyos que me saludaron, quizá sorprendidos de verme por allí. Me miré el reloj: eran las tres menos dos minutos. Bien. Llamé a la puerta tres veces y esperé a que me autorizara para entrar. 

-Adelante -me dijo

-Buenas tardes, profesor Álamo -le dije, llamándole por su apellido. 


Ya había sucedido alguna vez en el pasado, nuestros respectivos trabajos han servido para escenificar situaciones y dar rienda suelta a nuestra imaginación, de tal manera que, si las paredes de los baños y los despachos de nuestras facultades hablaran, podrían hacer sonrojar a muchos.

-Buenas tardes, Romero -me siguió el rollo, llamándome por el mío -pase y cierre la puerta, bien cerrada, que no nos molesten -lo hice, dejando mi maletín en una silla. Llevaba puesta una falda y una camiseta de verano, y había ido sin bragas, me las quité en el baño antes de entrar, aunque no me había dicho nada al respecto. E iba chorreando, por cierto. Me senté en la silla de las visitas, frente a él.


Se levantó y se puso detrás de mí. Me besó el cuello, haciendo que me bajara una descarga eléctrica por la espalda y luego me habló cerca del oído.

-Cuénteme esas dudas que tenía sobre la sentencia -me dijo, como si realmente hablara con una alumna.

-Bueno -empecé a improvisar. Sé por él algunas cosas sobre Derecho, pero tampoco tantas como para hablar con soltura -no me han quedado claras las argumentaciones del juez en varios puntos de la sentencia -le dije.

-Como no se ponga las pilas, Romero, va a suspender -me respondió, volviendo a sentarse en su silla, tras la mesa y mirándome serio.

-¿Y qué puedo hacer para mejorar? -le dije, poniendo mi mejor cara de inocente, mientras me bajaba un poco el escote de la camiseta -¿Me va a poner las pilas usted?

-¿Pero por quién me toma, Romero? Tápese, haga el favor -me dijo, haciéndose el escandalizado y mirando a otro lado.

-Mire, profesor, no crea que no he visto como me mira en clase…

-Usted ya tiene experiencia con estas cosas, ¿verdad? O eso se rumorea por los pasillos, ya sabe -dijo -¿Esto cómo es? ¿Usted llega y me tira los trastos así, a bocajarro? ¿Como hizo con el profesor González, el que dio Penal el cuatrimestre pasado? 

-No sé a qué se refiere -le dije, disimulando, y haciéndolo mal a propósito.

-Lo mismo que los alumnos hablan, los profesores también lo hacemos. Claro que sabe, así que cuénteme -sonrió -¿Se folló usted al profesor González para que la aprobara? Tiene un sobresaliente -hizo como si mirara unas listas -pero es obvio que no tiene usted ni puta idea. Así que ese sobresaliente solo puede venir de algo así. O eso, o le sobornó con dinero, pero conociendo a González, supongo que habrá sido más bien lo primero que lo segundo, ¿me equivoco?

-Bueno -le respondí, haciendo como si estuviera avergonzada, en realidad fue él quien me lo propuso.

-Ya veo. ¿De manera sutil o…?

-Nada vulgar, pero tampoco dejaba lugar a dudas -le miré, seria

-Y ha pensado que conmigo le va a resultar tan fácil como venir a una tutoría con esa faldita y sin bragas, ¿verdad? Que yo soy tan fácil como González -me dijo, con tono duro e irónico.

-¿Y no lo es, profesor Álamo? -le miré ahora poniendo cara de zorra seductora -Para no serlo, se ha dado cuenta de que no llevo bragas -cogí mi bolso, las saqué y las puse en su mesa, entre él y yo.


Él las miró sin inmutarse ni moverse y me dijo, haciéndose el enigmático.

-Mire, Romero, se lo voy a decir claro. Siempre le he tenido ganas pero no de lo que se imagina -dijo, con expresión seria. 

-Me imagino tantas cosas, profesor -puse cara de niña buena

-Esto no se lo imagina, ya se lo digo yo -me dijo, poniéndose muy serio otra vez y mirándome, impasible. – ¿Ha visto una película que se llama “La secretaria”? -me preguntó

-La he visto, profesor -le miré, poniendo cara de buena, otra vez, y alisando la falda sobre las piernas con las manos, como si me diera vergüenza.

-Se acordará de aquella escena en la que el protagonista azota a la secretaria sobre la mesa del despacho, ¿verdad?

-¿Y eso es lo que me quiere hacer usted, profesor? ¿Azotarme?

-Sí, Romero. Quiero ponerla sobre mis rodillas, levantarle la falda y azotar su culo hasta que la piel se le ponga roja y sentirla ardiendo en la mano. Quiero que le duela, incluso que llore, sujetarla fuerte para que no se mueva, y que note mi polla bien dura, que sienta lo que me excita hacerle todo esto. Y que vaya contando cada azote que le dé, agradeciendo cada uno de ellos. Que al día siguiente le cueste sentarse y recuerde lo que ha pasado. Como bien sabe, aprobar conmigo no es fácil, y si va a sobornarme, tampoco será sencillo. Eso es lo que quiero. ¿Está dispuesta a dármelo? -me dijo, con un tono de voz cada vez más tenso y mostrando más excitación en la voz y las pupilas dilatadas.

-¿De cuántos azotes estamos hablando, profesor? -le dije, excitada yo también. La situación me estaba gustando.

-De los que aguante, pero, si quiere aprobar, no menos de cien. De ahí para arriba, puedo considerar que saque hasta nota. Pero lo dudo. No soy un blandito, precisamente. A saber qué clase de polvo le echó González, pero esto no tiene nada que ver -me dijo, sonriendo.

-Vaya, nunca hubiera imaginado que tuviera unos gustos tan… peculiares, profesor -le dije, haciéndome la escandalizada.

-No le pega nada hacerse la inocente, Romero. ¿Qué me dice?

-Que es usted un puto pervertido -le dije, mirándole sonriendo

-Ni se lo imagina -sonrió, aguantando la risa.
-Muy bien. Lo haré, dejaré que me azote. ¿Dónde y cuándo será? 


Se le dibujó una expresión malvada en la mirada y una sonrisa que siempre me indica que lo que me va a decir a continuación me va a gustar, por disparatada que sea la idea.

-El lunes que viene, después de la última clase, aquí mismo, cuando se haya ido todo el mundo. Clase a la usted, por supuesto, vendrá, Romero. 


Le miré sorprendida. Eso sí que no me lo esperaba.

-Un momento ¿quieres que venga a tu clase de Derecho Penal el lunes y después me vas a azotar aquí, en tu despacho? ¿Has perdido la cabeza, Fer? -le dije, retornando a la realidad por un momento.

-Eso es -sonrió 

-¿Y si me reconoce alguien? Tus compañeros aún se acuerdan de mí -le dije, preocupada -¿Y el ruido?

-A esa hora ya no queda nadie que te conozca, y ya me encargaré de que no hagas ruido, tranquila. Te sentarás en la fila de atrás, y te prometo que no te voy a putear… en clase. Luego ya no te prometo nada -sonrió, encantado con mis miedos y mis dudas

-Se te ha ido la cabeza, joder -le dije

-No me digas que no te gusta la idea -sonrió

-Estás fatal -le dije, seria, aunque sí me gustaba la idea, a pesar de todo. Me gustaba y me excitaba

-Pues hasta el lunes, rubita. Ponte las bragas, y ni se te ocurra tocarte hasta nueva orden. Que pases buen fin de semana -sonrió


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