Relato nº 26

CAFÉ LAMECO  by La gata Flora

Hacía mucho tiempo que no veía a mi primo. Le conocí el verano que cumplí 12 años. Fuimos al pueblo mi madre y yo, huyendo de mi padre alcohólico y violento. Yo era un poco “marimacho”, o eso me decían, por mi pelo corto, mis maneras bruscas y mi afición a subirme a los árboles. Me gustaba observar sin ser vista… lo hacía desde pequeña, desde que a los 8 años oí por primera vez a mi madre gritar en su habitación… gritaba casi cada noche.

La primera vez que la vigilé fue desde su vestidor. Quedaba justo frente a la cama. Mi padre nunca lo utilizaba, tiraba toda su ropa por el suelo y dormía desnudo. Esa noche, a través de la rendija del ropero, vi como mi padre ataba con su cinturón las manos de mi madre a los barrotes de la cama y la dejaba a cuatro patas. Todo lo que yo veía era su enorme culo y a mi padre golpearla con la mano abierta una y otra vez. Ella gritaba y pedía más, gritaba y pedía más… sólo cuando dejó de suplicar mi padre la agarró con las dos manos y la penetró como un toro monta a una vaca. Después de embestirla un buen rato la soltó y, dándole la vuelta, le metió su polla en la boca hasta correrse dentro. Cuando vi chorrear ese líquido blanco de los labios de mi madre, me desmayé.

Desde esa noche cogí el hábito de espiarles. Una mañana que hice novillos, les vi en la cocina. Mamá llevaba en el cuello una correa de perro y mi padre tiraba de ella. Sobre la mesa de la cocina nuestra criada desnuda se derramaba leche sobre su cuerpo que mamá bebía directamente de sus tetas y de su coño, por el que chorreaba. La criada se retorcía de placer cuando mamá introducía profunda la lengua en su sexo y papá acariciaba su polla erguida con la mano libre pero si la chacha emitía un quejido mi padre le daba un tirón de la correa y un azote, dos, tres… aunque después siempre la follaba y, a mamá, parecía gustarle.

Creo que así fue como mi sexualidad despertó tan precozmente. Me gustaba espiarles y tocarme, pellizcándome para sentir dolor, frotando y hundiendo mis dedos en mi sexo hasta empaparme, pensando que me había meado de gusto. Pero un día papá me sorprendió y quiso ponerme la correa de perro… Mamá no se lo permitió y esa misma noche le abandonamos.

Así llegamos al pueblo, a la casa de la abuela y allí conocí a mi primo.

La primera vez que le vi estaba escondida en la copa de un árbol enorme. Anochecía cuando llegaron mi primo y tres amigos, que se sentaron a jugar al strip poker. En apenas unas partidas perdió toda la ropa y para recuperarla tuvo que hacerle una mamada al más feo mientras que el más guapo le daba por culo y el tercer amigo se pajeaba como loco viendo la escena. Yo tampoco podía dejar de mirar. Volví cada tarde a subirme al árbol y siempre se repetía la misma escena, solo que con chicos diferentes y alguna que otra chica de vez en cuando, a la que mi primo le lamía el  coño como si fuera la última fuente fresca de agua del planeta. Ni una sola vez ganó mi primo. Ahora creo que perdía aposta…                 Hace uno días recibí una invitación de mi tía, la del pueblo, para que la visitara en Madrid. Regentaba una cafetería excepcional llamada “La gata Flora”, para una clientela muy selecta y especial. Todos iban por el café  de la casa, el lameco. Yo fui con una joven que conocí mientras me comía una pollagofre en Chueca. Estaba tan rica que no pude esperar para comérmela y allí mismo, en la puerta de la pollería, la devoré con golosa fruición. Chupaba , mordía y absorbía pero el chocolate me chorreaba. Con los ojos cerrados intentaba concentrarme en ese deleite cuando sentí una lengua sensual que me lamía lo que escapaba por las comisuras de mis labios y unos brazos me rodeaban agarrándome el culo a manos llenas. El chocolate caliente y su boca húmeda me empaparon las bragas en un instante de placer inesperado. Así fue como conocí a mi bella Lucía.

 Juntas fuimos a “La gata Flora”. La cafetería era una antigua mansión en un barrio obrero de Madrid, con salitas privadas e independientes decoradas en distintos estilos. La nuestra era como el viejo saloncito de mi abuela, el de las visitas, con la enorme mesa camilla de faldas tupidas, tapete de ganchillo y lámpara Tiffany. Mi tía en persona nos sirvió el café, especialidad de la casa.

  • El lameco, para mi sobrina favorita – dijo-. Y de debajo de la mesa sacó una correa que me puso en la mano. A Lucía le entregó unos zapatos de tacón de aguja, de su número y le pidió que se los pusiera y los clavara bajo la mesa.

Nada más darle el primer sorbo a mi café, noté los efectos del “lameco”… el lamecoños que estaba debajo de la mesa y metía su lengua en mi sexo, babeando y sorbiendo mis jugos a lametones lentos y profundos. Si paraba, yo tiraba con fuerza de la correa y mi amiga le clavaba el tacón de aguja en el culo, con tal habilidad que, incluso, se lo introdujo por el ano.

El lameco gemía y suspiraba mientras me chupaba y era follado por un tacón de aguja. Y así es como volví a reencontrarme con mi primo, el del pueblo… Cuando salió de debajo de la mesa, con una hermosa y chorreante sonrisa, me dijo:

  • Prima, un verdadero placer volver a verte.

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