RELATO nº 8

LA NOCHE EN LA QUE TODO CAMBIÓ by DiablodelAlma

Doña Fabiola del Aro recordó ensimismada el comienzo de todo su desmadeje, la noche de bodas en la que todo cambió inesperada e irremediablemente, ya comprometidos ellos y sus familias, justo desde que se encontraron a solas en la habitación y la expresión y modos de su Gervasio tornaron para siempre, radicalmente.
Fue el momento del cruel monólogo en el que la aleccionó en que su comportamiento debía ser públicamente incólume como cónyuge y privadamente obediente como mujer, incondicional e ilimitadamente.
Sería élite social y admirada. Sería íntima y fiel esclava.
Alucinada y sin reacción, pensó y deseó que fuera broma, no supo qué decir. Por eso y porque lo interpretó como un juego entre recién casados cuyo desarrollo no comprendía pero que la excitó tremendamente. Predisposición en esa noche no faltó.
Así que no se negó cuando su desposado por primera vez pidió -realmente ordenó autoritario- que se situara tumbada boca abajo sobre su regazo, como si fuera una chica mala, dispuesta para una azotaina. El caso es que se puso perdidamente empapada en su entrepierna por tal insólita circunstancia.
Y se mojó más aún cuando, parsimoniosamente, él apartó la parte inferior del vestido de novia para descubrir sus nalgas y su liguero nupcial. Blanca y finísima su lencería en esa noche tan especial. Se las acarició abarcándolas suavemente y resultó agradable durante tres minutos, antes de que, sin preaviso, él azotara los temblones glúteos sonoramente, alternando las lisonjas con los manotazos. Excitación y daño.
Ella jamás pensó que su noche de bodas fuera a resultar así, pero estaba enamorada y encontró su punto a aquello. Chisporroteaba su flor seducida.
Amelonada se irguió cuando se lo dijo su esposo y, despacito y sugerente, se fue despojando frente a él de su ropa, hasta que se bajó las braguitas y quedó solamente con las medias de liga y en zapatos de tacón. Siempre guiada, se apoyó inclinada en una especie de cómoda, con el culo ofrecido en pompa, como él quería. Más azotes enrojecieron las traseras y aterciopeladas carnes. Cada vez más cachonda -no sabía por qué-, se quejó quebrantada y con mucho gustillo.
La noche resultó lo más lascivo y satisfactorio que Fabiola había sufrido, y fue muy larga. Finalizaron inagotablemente follando descomedidos hasta las primeras luces de la mañana. El amor puede amigar con lágrimas, concluyó.

Recordó pasada complicidad y recordó que, en las noches siguientes a la de bodas, se volvió normal que ella se tumbara sobre su regazo y que solamente conservará unas medidas a medio muslo cuando estaban en intimidad, totalmente dócil y dada a lo que él quisiera. De puertas afuera era una triunfadora que siempre coincidía en compenetrada y amorosa opinión e intachable comportamiento con su esposo. En privado era esclava sin opinión, que disfrutaba su adiestramiento y adaptación a su sumisión. Era feliz. Su hombre y maestro de pasión soliviantaba su descubierto vicio sin limitación, que ella deseaba obsesionada en cada ocasión, infinitamente, y que él colmaba egocéntrico. La volvía loca en la cama con sus irredentos juegos de dominación y sumisión.
Temblorosa y supra-sensual se tumbaba sobre el masculino y empicado regazo para que le dieran lo que se merecía y apetecía cada día más. Se originaban aleteos en su estómago y calor en su vulva al percibir las manos de su adorado marido zurrándola y manipulándola sin reparo el agraciado culo –del que cada día estaba más orgullosa-, recorriéndola desde atrás cada centímetro y cada exclusivo recoveco. A veces él introducía un dedo en la femenil retaguardia y la seguía palmeando, y ella aullaba de orgasmo en dichosa sinfonía.
Superlativa ella se corría gloriosa y repetidamente en las añoradas e inacabables noches de recién casados, en las que tras el preludio de castigo y aleccionamiento de roles, se fundían sus cuerpos en todos los modos y maneras posibles, en refulgentes orgasmos de encadenamiento lascivo. Lloraba a mares de disfrutado y lacerante placer.

Recordó avanzar curiosa en el descubrimiento de sexo bizarro. Le vino a la cabeza la primera experiencia con velas, ataviada con zapatos altos, sin más, deslumbrante y tentadora. Él colocó muñequeras y tobilleras con argollas en sus extremidades. La sentó en una silla sencilla y la encadenó a las patas y al respaldo pasando cuerdas a través de las cuatro argollas. Con las piernas abiertas y las manos a la espalda, el marido amasó las fabulosas tetas.
La incertidumbre de lo que vendría la enardecía. Todo lo que viniera de él la apetecía, fuere lo que fuere. Había descubierto su afrodisiaca faceta de esclava y objeto de placer, y la lujuria vencía. Dichosa y anhelosa, con las puntiagudas revelando su ardor y su vulva emulsionando, desorbitó las pupilas cuando su esposo encendió una larga vela roja. Ceremonioso la inclinó sobre los tersos muslos de la ofrecida y, cuando empezó a generar cera, ésta goteó caliente sobre la carne indefensa, antes de secarse y crear capa sobre ella. Respingaba a cada goteo, que fue desplazándose por la fabulosa anatomía, cubriéndola a cada gritito. Él aplicaba sin oposición la llameante tortura, ella se quejaba cachonda del castigo que propiciaba su hombre. En el taponado ombligo la fascinó especialmente el dulcificado padecimiento.
El castigador extrajo de un cajón una encuerada fusta, con la que a golpecitos por toda su anatomía desprendió la solidificada cera, desde el escote hasta el ombligo y los muslos. Todo entre agudos grititos.
Para acabar, la agarró de los pelos y la propinó un par de bofetadas, para que ella no se olvidara de la conyugal jerarquía que ordenaba su relación.

Recordó haber sido centro de atención y del universo. En tiempos pasados, él estaba siempre pendiente de ella y de su conducta. Cualquier excusa era buena para jugar, como aquel día de hace años en el que discutieron delante de invitados, porque ella le contradijo en la mesa sobre sus ideas políticas.
Nada más irse todo el mundo, según se cerró la puerta, la agarró del brazo y prácticamente la arrastró hacia el salón. Allí mismo, tras echar al servicio que en ese momento recogía todo, la ordenó subirse el vestido por detrás y sujetarse en la cintura la tela, quedando con el pandero absolutamente descobijado. Ese día no llevaba bragas, él no la había dejado ponérselas. Le gustaba que estuviera accesible.
El esposo reprochó secamente haberle contradicho y, para castigarla, tomó de la pared una vara de ornamento. Acto seguido golpeó las serenas nalgas entre quejidos, marcando de rojiblancas rayas correctivas el primoroso culo. Cada dos o tres golpes pasaba las masculinas manos como para aliviarla. El caneo al que la sometió fue particularmente brioso.
El cegador enamoramiento que la subyugaba anestesiaba el castigo. Estaba dispuesta a aguantar lo que fuera por él. Es más, anhelaba ser suya y esclava.
No pudo casi sentarse en tres días. El escozor la producía tantísimo gusto que, al día siguiente, por el simple roce del sillín se corrió practicando spinning en el gimnasio. Tuvo que ocultarse en las duchas y vestuario para que ninguna de sus compañeras y amigas descubriera las paralelas marcas en su piel. Esquivó también el spa, pues tampoco se las tapaba el bikini.

A cada episodio con él se reavivaban sus brasas.

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